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La jugada de mis sueños
Cuando era jugador en activo (porque jugador nunca se deja de ser) recuerdo que los días antes de un partido crucial, es decir, una final, un partido contra el Barcelona, el Torneo de Navidad que por aquél entonces era el acontecimiento deportivo más seguido de las Navidades, etc., me despertaba por las noches empapado en sudor y jadeando, con un medio tembleque que me dejaba fuera de combate algunos minutos. Como bien suponéis se trataba de una pesadilla, o mejor dicho, “la pesadilla” porque siempre era la misma que volvía y volvía para atormentarme sin piedad.

Más de una vez los periodistas me preguntaron, como a casi todos los jugadores del mundo, cuál era la jugada de mis sueños, aquella que me lanzaría a la fama, la que nos daría un título, tal vez la que diera la vuelta al mundo por su espectacularidad o trascendencia. Fueron muchas las veces que mentí contestando ésta pregunta, diciendo algo así como: aún está por llegar o, un triple en el último segundo que nos dé la victoria en la final de la Copa de Europa o, un mate estratosférico en la mismísima cara de Michael Jordan, en fin, chorradas por el estilo.

La verdad, y sólo ahora me atrevo a contarla cuando ya han pasado algunos años desde que dejé el baloncesto profesional, es que la jugada de mis sueños era aquella con la que me despertaba bañado en sudor, con el corazón en un puño y sucedía de la siguiente manera.....

“Final de la Copa de Europa entre Real Madrid y Barcelona en el Palau Sant Jordi. Treinta mil espectadores abarrotan la instalación. Apenas unos segundos faltan para el final del partido y perdemos por un punto. Yo llevo 30 puntos en lo que ha sido de largo el mejor partido de mi carrera deportiva. Estaba pletórico, sentía que nadie podía conmigo. Había dejado a la estrella local en unos miserables ocho puntos. Mis compañeros atenazados por la presión ambiental y por primera vez en toda la temporada me buscan para darme el balón y que sea yo el que asuma la responsabilidad de anotar. Mi chica está en las gradas orgullosa de lo que su hombre está haciendo sobre la cancha y mira hacia los lados donde hay otras mujeres, como diciendo: ese es mi chico y esta noche vosotras no lo tendréis. El Barcelona ataca y en un descuido robo el balón quedan siete segundos, seis, voy como una flecha hacia la canasta. Cruzo el medio campo, cinco, cuatro, boto con la mirada puesta en el aro igual que un halcón haría con su presa. Mentalmente me anticipo a lo que va a pasar... dos pasos y salto como una gacela para hundir el balón en el aro instantes antes de que suene la bocina final... pero algo va mal, cuando tan sólo quedan cinco metros y me preparo para saltar y machacar, el balón me bota en el pié y sale rodando mansamente por la línea de fondo. Entonces los compañeros me miran con el mismo desprecio con el que me miraban antes del partido, los aficionados (mayoría del Barça, claro) se mofan de mí y los seguidores blancos me increpan sin cesar. El mundo se me viene encima y no lo puedo sujetar. Mi chica baja corriendo las escaleras para abrazarme y consolarme pero cuál es mi sorpresa cuando me escupe en la cara e indignada me abandona sollozando.
Soy un paria, un fracasado, el eterno mediocre.

Ahora entenderéis que la retirada ha sido un alivio y por fin los viejos fantasmas han desaparecido. Tal vez siga siendo un mediocre pero por lo menos ya no sueño con ello.